COMPARTIENDO 64

No puedo menos de recordar al acercarme a la Semana Santa, además de Jesucristo y su Madre y nuestra madre, a todos lo personajes que rodearon a Jesús en estos últimos momentos de su vida a través de los tres años de vida pública, y hasta recordar al cobarde asesino que fue Herodes, el de los inocentes.

Tampoco uno no puede menos de pensar y preocuparse de que es posible ser uno de los Anás, Caifás, Pilatos, Herodes o el creiado que golpea a Jesús, o Simón el fariseo o toda la mancha farisea que no tenía corazón para aceptar a Jesús pero sus ojos sí veían que era el Mesías. No digamos los mercaderes del templo: en Mt 12, 13, "Está escrito: Mi casa será llamada Casa de Oración. pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones".

Junto a todos estos ciegos del alma pienso que María y José de Nazaret. En Joaquín y Ana, en los pastores sencillos y en los Magos, en el profeta Simeón y la anciana Ana de Fanuel. Aquellos doctores que escucharon admirados a Jesús a los doce años que no sabemos si se convencieron. En Lc. 2, 47: Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas.:
Más tarde aparece Juan Bautista, fiel entre los fieles. Dice Juan Bautista entre otras cosas, Jn 3, 30: "es preciso que él crezca y que yo, (Bautista) disminuya". Los discípulos y los apóstoles, entre los que se dejaron invadir por Jesucristo, casi todos, menos uno.

En Mateo 26, 14 y 15: "Entonces uno de los doce, que se llamaab Judas Iscariote, se presentó a los jefes de los sacerdotes y les dijo: ¿Cuánto me darán si se lo entregó?" Tres años escuchando y conviviendo con el Maestro y se le llama "traidor", sinónimo de bajeza, hipocresía, mentira, rencor, envidia, ambición y que es un ser desleal, infiel, renegado, ingrato, conspirador. De todo esto hubo mucho en el entorno de Cristo.

Un aparte merecen los amigos de Betania, Juan 1: "Había un hombre enfermo llamado Lázaro, qeu era de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta". Eran lo contrario que hemos dicho del traidor. De hecho con tres Marías y San Juan la fidelidad al pie de la cruz.

Me gustaría ser tan seguidor de Jesús como María. Desde Nazaret al Calvario. Nuestra madre es la única e irrepetible. La mejor. Se ha dicho con razón que la obra más perfecta de Dios fue la Virgen María porque nada en ella fue sino maravilloso. Junto a la cuna y la cruz. El mismo amor. Aunque nadie te crea yo sí te creo, parece decir María en el Gólgota. Me gustaría parecerme a Ella.

No puede uno menos de pensar si la Semana Santa la celebraramos como unos o como los otros. ¿De quién depende? Sólo de nosotros y la gracia de Dios que no faltará. La Semana Santa se celebra en el altar, pero en especial en el corazón, en el alma. Cristo nos espera.

P. Francisco Domingo C.M.
La entrada “triunfal” de Cristo en la Ciudad Santa, que festejamos hoy, está cargada de emociones y de simbolismos. Es tan importante, en el desarrollo del Misterio Pascual, que los cuatro evangelistas sienten la necesidad de narrarla, casi con los mismos detalles.


Son tres los detalles que resaltan en la narración:

1º LA HUMILDAD CON QUE EL SEÑOR SE PRESENTÓ AL PUEBLO: Cabalgando humildemente un borrico, según la profecía de Zacarías.
La humildad es una actitud constante y fundamental, en la historia de la salvación, que se inició silenciosamente con la encarnación del Hijo de Dios, en el seno de la Virgen María, y con el nacimiento del niño Jesús en la oscuridad de una gruta en Belén. (Allí también, según la tradición, había un borrico, símbolo de humildad y mansedumbre).


La venida del Salvador entre nosotros se salió así de los esquemas del mundo, que busca la gloria y el ruido. Jesús esquivó siempre los aplausos de la gente; pero, en su última visita a Jerusalén, cuando se iba a concluir su misión, permitió una demostración espontánea de cuantos habían sido espectadores y beneficiarios de su obra salvadora.


Y ahí aparecieron, para aclamarlo, impulsados por el Espíritu y por la gratitud, tantas personas que venían de todas partes a Jerusalén, para celebrar la Pascua. Éste es el segundo detalle de la entrada de Jesús en Jerusalén:


2º LA DEMOSTRACIÓN DE FE Y DE CARIÑO DE PARTE DEL PUEBLO HUMILDE, que había experimentado todo el amor del Señor y su
poder contra los males de este mundo.

3º Detalle que resalta en el evangelio del Domingo de Ramos es la ACTITUD INDIFERENTE O DESORIENTADA DE UNOS OBSERVADORES.

“¿Quién es éste?” – se preguntaban: mientras otros – los fariseos – mostraban, como siempre, su inconformidad y su espíritu de crítica, pidiendo al Señor que callara el entusiasmo del pueblo. Y Jesús más bien hizo callar a los fariseos, afirmando: “Les digo, que si el pueblo calla, gritarán las piedras”.


Así es: el amor y la verdad triunfan siempre. También en nuestros días, a pesar de la indiferencia de muchos “cristianos”, que aprovechan más bien la Semana Santa para satisfacer su sed de diversión, y a pesar de la inconformidad de los incrédulos, que critican el fervor de los verdaderos cristianos, se repite en todo el mundo, en esta Semana Santa, la celebración solemne y concurrida del misterio de nuestra salvación, conmemorando y reviviendo los momentos más conmovedores del sacrificio de Cristo.


1. El último encuentro con el pueblo sencillo y agradecido, el Domingo de Ramos.
2. La Última Cena con los apóstoles, el Jueves Santo.
3. La dura Pasión y la Muerte en la Cruz, el Viernes Santo.
4. El gran final: La Pascua de Resurrección, en que Cristo triunfa sobre la muerte y el pecado y nos ofrece a todos la Vida.


En este Domingo de Ramos, que inicia la celebración del Misterio Pascual, aquí estamos, los cristianos, para aclamar al Señor y para decirle con entusiasmo:

¡Gracias, Señor, por amarnos tanto: ayúdanos a corresponder a tu amor!.

Por P. Alfio Giorgi

JESUS CAE, BAJO EL PESO DE LA CRUZ

Sucederá tres veces durante el camino relativamente corto de la «vía dolorosa».

Cristo no puede seguir adelante, cargando la cruz por mucho rato. Ya se acabaron sus fuerzas (la agonía en el Getsemaní, la noche anterior entre los insultos de los jefes del pueblo, la flagelación y la coronación de espinas, lo han destruido, y cae agotado, los soldados se le acercan y le pegan sin compasión.


Jesús reúne todas sus fuerzas y se levanta sigue su camino sin decir una palabra. Han sido los pecados los que han aplastado contra la tierra al divino Condenado.
Han sido ellos los que determinan el peso de la cruz que él lleva a sus espaldas. Han sido los pecados los que han ocasionado su caída. Cristo se levanta a duras penas para proseguir el camino. Los soldados que lo escoltan intentan instigarle con gritos y golpes. Tras un momento, el cortejo prosigue…


En estas caídas de nuestro señor Jesucristo vemos que fue tanto el peso de la cruz agregándole, el cansancio y el sufrimiento que cayó, pero fue mucho más el peso de nuestros pecados por el cual cae de rodillas Jesús.

A menudo caemos en pecado por nuestras propias faltas y debilidades, es así que Cristo nos enseña a levantarnos y seguir adelante... Gracias Señor porque siempre tú estás allí para ayudarnos a levantar... ¡perdónanos Señor porque cuando después de habernos propuesto ser fieles a ti volvemos a reincidir en nuestras faltas, ofendiéndote. !!! ......


Jesús cae y se levanta. De este modo, el Redentor del mundo se dirige sin palabras a todos los que caemos. Nos exhorta a levantarnos. No bastan sudor, desvelo, cáliz, corona, flagelo, y aún mis propias culpas.

Enséñanos Señor a ser como tú , fuertes para poder levantarnos cada vez que tropecemos en la vida y caminar con más firmeza siguiendo siempre tu camino ...

Por Vicky Peña

LA “VERÓNICA” Y EL ROSTRO DE CRISTO

La “Verónica” es todo un símbolo de lo que sienten los cristianos por la Pasión de Cristo. No hay datos históricos de una persona con este nombre que se haya encontrado con Jesús, en su camino al Calvario; y tampoco se habla en el evangelio que Jesús haya dejado su imagen en algún sudario que haya tocado su rostro ensangrentado.


Pero, sí, es cierto e histórico, según los evangelios, que ese rostro conmovió una multitud de personas: “piadosas mujeres” y también hombres, como el Cirineo, el “buen ladrón” y el centurión romano.
Ese rostro desfigurado, que demuestra la ingratitud y la crueldad de los hombres que Cristo había venido a salvar, ha quedado grabado en el corazón de millones de cristianos, de todos los tiempos y lugares.
Esa mirada triste y apagada, que implora compasión, no puede dejarnos insensibles; no podemos olvidarla, la sentimos grabada en nuestra memoria y en nuestro corazón, y todos desearíamos cumplir el gesto de la Verónica, limpiando con nuestro amor ese rostro divino que hemos desfigurado con nuestro pecado.


En la Basílica de San Pedro, en Roma, se ha venerado por siglos el “Santo Sudario” que muestra la cara ensangrentada del Señor; y otra imagen de Cristo, grabada en la “Santa Sábana” que envolvió su cuerpo en el sepulcro, se venera en la Basílica de Superga, en Torino.
Estas imágenes grabadas en telas perecibles no podrán resistir al desgaste del tiempo; pero sí, se guardará imborrable, en el corazón de los cristianos, el recuerdo del martirio de Cristo, que nos ha salvado con su pasión y muerte.


La Iglesia muestra al mundo su sensibilidad y su nobleza reviviendo ese martirio de amor todos los años, en la “Semana Santa” , y todos los días, cuando celebra con tanta fe y con tanto amor el sacrificio redentor de Cristo, en la Santa Misa.
En estas celebraciones, deberíamos – los cristianos - grabar en nuestra mente el Rostro de Cristo, desfigurado por nuestros pecados, y guardar en nuestro corazón su amor apasionado que nos ha salvado.

Tantos Santos y Santas se han identificado con el Cristo sacrificado, hasta aceptar su misma pasión y muerte, con el sacrificio de toda su vida y hasta con el martirio. Y son numerosos los santos y santas “estigmatizados” que han experimentado sensiblemente, y hasta visiblemente, el dolor de las “santas llagas”. Basta recordar el más cercano: El Padre Pío, que bien podía decir con San Pablo: “Ya no soy yo que vivo, es Cristo que vive en mí”.


¡Ojalá pudiéramos repetir también nosotros lo mismo, en esta Semana Santa!

P. Alfio Giorgi

EL TRIDUO SACRO SE CELEBRA EN EL TEMPLO Y EN EL CORAZÓN

“Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe”. “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron”. (I Corintios 15, 14,19 y 20). Este es nuestro punto de partida: Cristo vive.


Gálatas 4,4: ¨Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley.¨ La encarnación redentora como había dicho San Irineo. Había dicho el profeta Isaías 7:14: “Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”. Y comienza la gran aventura de Jesús y la nuestra. Sabíamos que Dios ama al hombre, pero no podíamos ni imaginarnos: “el estupor de la Encarnación, de la Cruz, de la Eucaristía”. La redención comienza en la encarnación en Nazaret y en la Eucaristía se actualiza cada día la misma redención.


Y comienza su vida pública. Y llama a los discípulos Juan 1, 36 – 41: Fijándose en Jesús que pasaba, dice el Bautista: “He ahí el Cordero de Dios.”…Los dos discípulos siguieron así a Jesús. Jesús… les dice: “¿Qué buscáis?” Ellos le respondieron: “Maestro” – “¿dónde vives?". Les respondió: “Venid y lo veréis.” Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima”. Así fue escogiendo, a dedo, a los doce apóstoles, ni tan maravillosos.


La vida de Jesús fue de lo más variada. Su persona, sus palabras, sus signos, (milagros). Se pueden contar 34 milagros de Jesús. Predicó 30 parábolas. Se presenta como pastor, viñador, pescador, padre de familia. Asistió a tres Pascuas según San Juan. Elige discípulos y apóstoles. Enseña, aclara y
discute. Calma la tempestad. Camina sobre las aguas. Multiplica panes y peces. Se transfigura. Proclama el matrimonio. Anuncia y vive el amor, la humildad, el perdón. Atrae a los niños. Cura a leprosos, paralíticos, y a ciegos. Convierte el agua en vino. Amigo de publicanos y pecadores. Perdona. Lava los pies. Expulsa a los hipócritas y ambiciosos del templo. Fuerte y tierno. Establece a la mujer en una dignidad igual al hombre. Amigo de prostitutas a las que reivindicó. Su amor, su perdón, su entrega y su humildad no son actos aislados, son su vida. Ese es Cristo.


Podíamos haber sido redimidos por Jesucristo con una palabra, un: “perdónales porque no saben lo que hacen”. Pero quería demostrarnos: “que la muestra mayor del amor es dar la vida por el amigo” (Juan 15,13). Juan 3,16: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único”. Dios crea, ama, busca, redime al hombre.


Apresado y condenado por religiosos y paganos. Siente en Getsemaní tedio, pavor, miedo, angustia, pánico. Negado, traicionado, abandonado por los suyos. Coronado de espinas. No quiere morir: “Pase de mí este cáliz y Dios mío por qué me has abandonado”. A Cristo le duele el dolor. El del cuerpo y más el del alma. Le duele morir. No quiere morir,…pero hágase tu voluntad…


El jueves santo, nos deja:
1) El mandamiento del amor.
2) La eucaristía.
3) El sacerdocio.
4) El sermón de la cena, del capítulo 13 al 17 de San Juan, es de lo más hermoso que se ha escrito: el lavatorio de los pies, la traición, la despedida, yo soy la vid, no son del mundo, la oración sacerdotal, la promesa del Espíritu,...

El viernes santo. Es más para contemplar. Su trono una cruz. Una de las conclusiones es que la Redención costó demasiado. ¨Cristo asume lo más podrido del hombre¨ (II Corintios 5,21: A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él…) y asume una muerte (Filipenses 2:8 y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz) sólo por amor infinito a Dios y a nosotros… Valemos mucho: la sangre de Jesucristo. “Conoce cristiano tu dignidad”, dice San León Magno.


Pero no todo culmina en el viernes Santo, no, sino en el Domingo de Resurrección. Y en los 52 domingos del año, celebramos su resurrección. Que lo digan, los guardias, María Magdalena, las mujeres, Pedro, Juan, los de Emaus, sin Tomás y con Tomás en el cenáculo, en Galilea, en Jerusalén, en el monte de la Ascensión…
I Cor. 15, 4 – 7: Y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Lucas 24, 50 51: “Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo”. Se había aparecido hasta en 14 oportunidades.


Jesucristo nos enseña con su persona, su ejemplo y su palabra, que somos creados y redimidos, por el mismo Dios que se manifiesta en Jesús. “Dios nos ha devuelto la inocencia”, enseña San Agustín. Somos peregrinos de la eternidad. Tenemos vocación de cielo. Hemos nacido no para morir sino para resucitar porque Cristo nos lo ha ganado. Lucas 23,:43: Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.»


Encarnación, nacimiento, vida, pasión, muerte, resurrección, glorificación. Jesús nos invita a unirnos a él, en la tierra y en el cielo. Gal, 8: y clamamos: ¡Abbá, Padre! y si hijos, también herederos por voluntad de Dios. No son teorías son vida, deben ser experiencia de Dios.


No debemos olvidar que la Semana Santa, el Triduo Sacro, se celebran en el altar y en el alma. Que son tiempos de gracia. Que somos libres para dejar a pasar a Jesucristo como curiosos, indiferentes, despectivos, o en pecado consciente. Todo depende de cada uno de nosotros. El Maestro quiere que no pase desapercibida la semana. Dios nos espera. Podemos vivir el misterio de Cristo a imagen de María: La primera, la más fiel y la mejor seguidora de Jesús.

P. Francisco Domingo