Me daba temor una revista sobre la Eucaristía. Hay una poesía, dedicada a la Inmaculada, del poeta español  Gabriel y Galán que dice entre otras cosas:
El gran himno de Maríano lo rima ni lo cantamiel de humana poesíani voz de humana garganta.

Mucho más sucede cuando se quiere hablar de la Eucaristía, por el estupor de la presencia divina, del sacrificio, del sacramento, del misterio, del amor de Dios al hombre. Juan Pablo II, habló de  “conmoción” eucarística, la admiración que debemos tener cuando contemplamos el sacramento. La Eucaristía abruma por el misterio, pero he aprendido que no debemos dar tanto tiempo a lo incomprensible sino al amor que se entrega sin medida. Lo mejor es Sumergirnos en Cristo y gozar de su presencia.
En 1264, cuando el Papa Urbano IV declaró el Corpus Christi como una festividad de la Iglesia, este encargó a Santo Tomás que escribiera las oraciones oficiales para la fiesta. Tomás escribió himnos que todavía entonamos el Jueves Santo y rezamos ante el Santísimo, como son el Panis Angelicus, Pange Lingua, Adoro Te devote, O Salutaris Hostia, O sacrum convivium. Traducimos este último: 

"¡Oh sagrado banquete, en el que se recibe al mismo Cristo, se renueva la memoria de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da en prenda de la gloria futura".

También el maravilloso: ¨El Verbo hecho carne con su palabra, convierte el pan en su su carne, y el vino puro se convierte en la sangre de Cristo. Y aunque fallan los sentidos, basta la sola fe para confirmar al corazón recto en esa verdad.¨

Aprendí cuando estudiaba Teología que todas las clases y lecturas, discusiones y explicaciones sobre la Eucaristía valen poco en comparación de unas rodillas que se doblan y un corazón que agradece, y un alma que se sumerge ante la hostia consagrada.

Me quedo con las oraciones que aprendimos de niño, inaguanables en sencillez y espiritualidad: Yo quisiera, Señor, recibirte con aquella pureza, humildad y devoción con que te recibió tu santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos. O bien: Jesús mío creo firmemente que estás en el santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo tenerte en mi alma. Ya que ahora no puedo recibirte sacramentalmenle, ven espiritualmente a mi corazón. Como si ya hubieses venido, te abrazo y me uno a ti: no permitas que me aparte de ti. Creo que todo lo demás es menos.

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Me daba temor una revista sobre la Eucaristía. Hay una poesía, dedicada a la Inmaculada, del poeta español  Gabriel y Galán que dice entre otras cosas:


El gran himno de María
no lo rima ni lo canta
miel de humana poesía
ni voz de humana garganta.



Mucho más sucede cuando se quiere hablar de la Eucaristía, por el estupor de la presencia divina, del sacrificio, del sacramento, del misterio, del amor de Dios al hombre. Juan Pablo II, habló de  “conmoción” eucarística, la admiración que debemos tener cuando contemplamos el sacramento. La Eucaristía abruma por el misterio, pero he aprendido que no debemos dar tanto tiempo a lo incomprensible sino al amor que se entrega sin medida. Lo mejor es Sumergirnos en Cristo y gozar de su presencia.

En 1264, cuando el Papa Urbano IV declaró el Corpus Christi como una festividad de la Iglesia, este encargó a Santo Tomás que escribiera las oraciones oficiales para la fiesta. Tomás escribió himnos que todavía entonamos el Jueves Santo y rezamos ante el Santísimo, como son el Panis Angelicus, Pange Lingua, Adoro Te devote, O Salutaris Hostia, O sacrum convivium. Traducimos este último: 



"¡Oh sagrado banquete,
en el que se recibe al mismo Cristo,
se renueva la memoria de su pasión,
el alma se llena de gracia
y se nos da en prenda de la gloria futura".


También el maravilloso: ¨El Verbo hecho carne con su palabra, convierte el pan en su su carne, y el vino puro se convierte en la sangre de Cristo. Y aunque fallan los sentidos, basta la sola fe para confirmar al corazón recto en esa verdad.¨

Aprendí cuando estudiaba Teología que todas las clases y lecturas, discusiones y explicaciones sobre la Eucaristía valen poco en comparación de unas rodillas que se doblan y un corazón que agradece, y un alma que se sumerge ante la hostia consagrada.

Me quedo con las oraciones que aprendimos de niño, inaguanables en sencillez y espiritualidad: Yo quisiera, Señor, recibirte con aquella pureza, humildad y devoción con que te recibió tu santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos. O bien: Jesús mío creo firmemente que estás en el santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo tenerte en mi alma. Ya que ahora no puedo recibirte sacramentalmenle, ven espiritualmente a mi corazón. Como si ya hubieses venido, te abrazo y me uno a ti: no permitas que me aparte de ti. Creo que todo lo demás es menos.

P. Francisco Domingo

¿QUE ES LA EUCARISTIA?

La Eucaristía es la consagración del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre que renueva mística y sacramentalmente el sacrificio de Jesucristo en la Cruz. La Eucaristía es Jesús real y personalmente presente en el pan y el vino que el sacerdote consagra. Por la fe creemos que la presencia de Jesús en la Hostia y el vino no es sólo simbólica sino real; esto se llama el misterio de la transubstanciación ya que lo que cambia es la sustancia del pan y del vino; los accidente—forma, color, sabor, etc.— permanecen iguales.
La institución de la Eucaristía, tuvo lugar durante la última cena pascual que celebró Jesús con sus discípulos y los cuatro relatos coinciden en lo esencial, en todos ellos la consagración del pan precede a la del cáliz; aunque debemos recordar, que en la realidad histórica, la celebración de la Eucaristía ( Fracción del Pan ) comenzó en la Iglesia primitiva antes de la redacción de los Evangelios.
Los signos esenciales del sacramento eucarístico son pan de trigo y vino de vid, sobre los cuales es invocada la bendición del Espíritu Santo y el presbítero pronuncia las palabras de la consagración dichas por Jesús en la última Cena: "Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros... Este es el cáliz de mi Sangre..."
ENCUENTRO CON JESÚS AMOR.
Necesariamente el encuentro con Cristo Eucaristía es una experiencia personal e íntima, y que supone el encuentro pleno de dos que se aman. Es por tanto imposible generalizar acerca de ellos. Porque sólo Dios conoce los corazones de los hombres. Sin embargo sí debemos traslucir en nuestra vida, la trascendencia del encuentro íntimo con el Amor.
Resulta lógico pensar que quien recibe esta Gracia, está en mayor capacidad de amar y de servir al hermano y que además alimentado con el Pan de Vida debe estar más fortalecido para enfrentar las pruebas, para encarar el sufrimiento, para contagiar su fe y su esperanza. En fin para llevar a feliz término la misión, la vocación, que el Señor le otorgue.
Si apreciáramos de veras la Presencia real de Cristo en el sagrario, nunca lo encontraríamos solo, únicamente acompañado de la lámpara Eucarística encendida, el Señor hoy nos dice a todos y a cada uno, lo mismo que les dijo a los Apóstoles "Con ansias he deseado comer esta Pascua con vosotros " Lc.22,15.
El Señor nos espera con ansias para dársenos como alimento; ¿somos conscientes de ello, de que el Señor nos espera en el Sagrario, con la mesa celestial servida?.  Y nosotros,  ¿por qué lo dejamos esperando? , o es que acaso, ¿cuando viene alguien de visita a nuestra casa, lo dejamos sólo en la sala y nos vamos a ocupar de nuestras cosas? .
Eso exactamente es lo que hacemos en nuestro apostolado, cuando nos llenamos de actividades y nos descuidamos en la oración delante del Señor, que nos espera en el Sagrario, preso porque nos "amó hasta el extremo" y resulta que, por quien se hizo el mundo y todo lo que contiene (nosotros incluidos) se encuentra allí, oculto a los ojos, pero increíblemente luminoso y poderoso para saciar todas nuestras necesidades.

LA TRINIDAD … FUENTE Y CUMBRE DE NUESTRA FE

Después de haber celebrado, durante el año litúrgico, los misterios de nuestra Redención, y después de haber meditado las innumerables pruebas de amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Iglesia nos invita en este domingo a dar solemnemente las gracias a la Santísima Trinidad, por su infinito amor hacia la humanidad.

Toda la liturgia de hoy es un himno entusiasta de alabanza y acción de gracias. Ya la antífona de entrada nos hace aclamar: “¡Bendito sea Dios Padre y su Hijo Unigénito y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros!”. Y el salmo responsorial nos hace repetir varias veces: “¡A ti gloria y alabanza por los siglos!”

El evangelista San Juan – el “místico” entre los apóstoles – nos invita a meditar el misterio fundamental de nuestra fe: el gesto de amor infinito de Dios Padre, “que tanto amó al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él”.

El “prefacio”, solemne y preciso, es al mismo tiempo una síntesis de nuestra fe y la expresión de nuestra adoración. Y las oraciones recalcan lo mismo.

La fiesta de la Santísima Trinidad debería sacudir la conciencia de tantos cristianos superficiales, que sólo saben suplicar con insistencia a los Santos, como si nuestra vida estuviera en sus manos. Esta devoción exagerada, en vez de ayudarnos a encontrarnos con Dios, puede crear a veces una cortina de humo, que nos hace perder de vista al Señor: Creador, Salvador y Santificador.

La Santísima Trinidad, compendio de nuestra fe, es el único y verdadero Dios, en tres personas iguales y distintas – nos enseña la Palabra de Dios y el Catecismo - : el Padre, Creador del universo, el Hijo, que se hizo hombre para salvarnos, y el Espíritu Santo, que ha venido como enviado del Padre y del Hijo para iluminarnos, fortalecernos, consolarnos, santificarnos y que sigue habitando en nosotros, transformados por la gracia del Bautismo en “templos del Espíritu Santo”.

Las tres divinas personas deben tener siempre el primer puesto en nuestras oraciones, en nuestra mente y en nuestro corazón. Esta espiritualidad “trinitaria” es la más segura, la más completa y … la más “cristiana”, ya que Cristo mismo nos la ha transmitido. Y, como siempre, es la Virgen María, nuestra Madre y Maestra, que se nos presenta como modelo, por su relación profunda con las tres personas de la Santísima Trinidad.

Cuando rezamos el Rosario, la felicitamos a nuestra Madre Santísima por estos “vínculos trinitarios” ; por eso el Santo Rosario es la oración predilecta de la Virgen, y debería ser también la oración predilecta de todos los cristianos, como compendio de nuestra fe.

¡Cuánta paz y cuánto gozo nos da el sentirnos ya desde ahora al centro de este círculo de amor: de Dios, Padre – Hijo y Espíritu Santo - junto con María, nuestra Madre!.
Nuestro propósito y nuestro esfuerzo debe ser de no salir nunca de este círculo, esforzándonos de mantenernos siempre… “en gracia de Dios”.
P. ALFIO GIORGI C.M.

LA IGLESIA VIVE DE LA EUCARISTÍA

Algunos párrafos de la Encíclica “Ecclesia de Eucharistia Vivit
del Papa Juan Pablo II

La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia.
Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única.
 Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.

Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II (1962-1965) que el Sacrificio Eucarístico es          « fuente y cima de toda la vida cristiana ».
«La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo ». Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.

Durante el Gran Jubileo del año 2000, tuve (el Papa Juan Pablo II)  ocasión de celebrar la Eucaristía en el Cenáculo de Jerusalén, donde, según la tradición, fue realizada la primera vez por Cristo mismo.
 El Cenáculo es el lugar de la institución de este Santísimo Sacramento. Allí Cristo tomó en sus manos el pan, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo:
« Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros » (cf. Mt 26, 26; Lc 22, 19; 1 Co 11, 24). Después tomó en sus manos el cáliz del vino y les dijo: « Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados » (cf. Mc 14, 24; Lc 22, 20; 1 Co 11, 25).

Estoy agradecido al Señor Jesús que me permitió repetir en aquel mismo lugar, obedeciendo su mandato « haced esto en conmemoración mía » (Lc 22, 19), las palabras pronunciadas por Él hace dos mil años.